Para mí es todo un orgullo que una fiesta con estas características quiera contar conmigo. Es cierto que a veces siento que me queda un poco grande, pero al mismo tiempo lo vivo como una responsabilidad muy bonita. Haber podido pintar la trucha más grande del mundo ya es un premio increíble, y dar el pregón… la verdad, me cuesta hasta ponerlo en palabras.
Sí, totalmente. Pintar una escultura de ese tamaño era un reto muy diferente a lo que suelo hacer. Además, saber que la pieza había sido realizada por alumnos del centro de soldadura me llamó muchísimo la atención. Me parece increíble que gente tan joven sea capaz de sacar adelante algo así. La verdad es que no lo dudé ni un momento.
Lo primero que tuve claro fue que no quería que fuese una trucha excesivamente realista, sino que se sintiera como una de aquí, de la zona. Para mí era fundamental marcar bien esas pintas rojas, porque sin ellas no sería lo mismo. A partir de ahí, también quise reflejar la importancia que tiene el Río Eo para A Pontenova y su identidad.
Fue una experiencia muy especial. Recuerdo pintar allí, con la brisa del río, a pie de calle, y ver cómo la gente se paraba, te animaba o incluso te traía algo de beber o de comer. Son pequeños gestos que dicen mucho de la hospitalidad del lugar. Estar tan cerca del río me hacía imaginar constantemente cómo esa trucha lo recorrería.
Me gustaría pensar que sí. No sé hasta qué punto mi presencia puede atraer a más gente, pero es verdad que, después de todos estos años, hay mucha gente que sigue mi trabajo y conecta con él. Me siento muy apoyado, y eso me enorgullece. Ojalá todo eso ayude a que la fiesta tenga una gran acogida este año.
Creo que son fundamentales. Mantener vivas estas fiestas hace que las nuevas generaciones vean que ya sus abuelos las disfrutaron y que forman parte de algo importante. Eso genera orgullo y hace que quieran seguir participando y manteniéndolas en el tiempo.
Como artista ya siento una responsabilidad, sobre todo hacia mí mismo y hacia mi familia. Todo empezó como un juego, casi sin darme cuenta, y terminó convirtiéndose en una profesión que mucha gente disfruta. Al trabajar en espacios públicos, esa responsabilidad está ahí, pero intento no cargarme con más peso del necesario.
La verdad es que al principio no tenía pensado dar el pregón, porque no soy de discursos. No me considero buen orador, soy bastante vergonzoso y hablar delante de mucha gente me impone. Pero después de cómo se han portado conmigo, siento que es un orgullo poder hacerlo.
Con la imagen me siento mucho más cómodo, es mi forma natural de expresarme. Las palabras me cuestan más, pero también tienen su valor: me obligan a parar, a ordenar lo que siento y a compartirlo de una forma más directa con la gente.
Les diría que disfruten del proceso y que se lo tomen como un juego que no tiene final. Que no se obsesionen con los números ni con compararse con nadie, porque cada uno tiene su propio camino.
También es importante tener paciencia y ser constantes, porque las cosas no llegan de un día para otro. Que prueben, que se equivoquen y que no tengan miedo a cambiar o a evolucionar. Al final, lo más valioso es ser honestos con uno mismo y sacar hacia fuera su propio mundo interior, sin intentar parecerse a nadie
La imagen sería clara: dos montañas, un río brillante atravesando el paisaje y un grupo de casas que representan el hogar. Algo sencillo, pero con mucha verdad.
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